merry merry
No me acuerdo exactamente el momento en el que dejé de creer en el viejo pascuero. No debe haber sido tan traumático después de todo. Por ahí ya sospechaba, sobre todo cuando nació mi hermana y los regalos dejaron de ser tan apoteósicos y mi mamá ya no exageraba sus cuentos de “yo lo vi! fue justo cuando saliste a mirar al patio que pasó!” El viejo pascuero y yo tuvimos una relación nerviosa y no muy confianzuda; nunca me cabía en la cabeza que me estuviera mirando todo el año y sobre todo que después de eso me trajera cosas. Muchas veces me enojé con el porque hacía caso omiso de mis peticiones y me cambiaba el Ken por una casa de muñecas gigante o la bici con borlitas por una bmx azul “de niño”, según yo. Lo esperaba nerviosa en el patio de mi casa ñuñoina, con unos vestiditos que mi mamá llamaba soleras, con la melena bien peinada, muerta de sueño y harta de papas duquesas. Existen fotos mías vergonzosas, con una cara de felicidad máxima, rodeada de regalos en las navidades unipersonales pre-hermana chica. Alguna vez le saqué en cara a mi papá que el *NUNCA* me había regalado una barbie; todas las que tenía me las había traído el viejo pascuero.
Después la navidad se resumía en hacerle el mismo show improvisado a mi hermana, recibir menos regalos, envidiarle algunas cosas, contar disimuladamente cuántos había recibido yo y cuantos ella e irme a dormir con la cama llena de papeles de regalo. La navidad ya no es lo mismo si al otro día no tienes ningun juguete que presumirle a tus amigos porque simplemente ya no estás en edad de recibir juguetes.